Un sevillano pide que le den una vuelta en carruaje antes de ser incinerado

Tres de la tarde de un caluroso 23 de mayo. Cerca del Bar Citroën, a escasos metros de la Plaza de España, varias parejas de turistas observan con extrañeza un coche de caballos muy distinto a los que se encuentran aparcados en este enclave. No es de pasajeros. O sí, según se tenga en consideración, pues a quien presta servicio viaja hacia la eternidad. El cochero no luce pantalón gris ni polo blanco, como lo hacen -uniformados- la mayoría de los que se dedican a este oficio. Lleva una indumentaria propia del siglo XIX. Detrás, una enorme urna de metacrilato de la que penden dos coronas de flores. Dentro, el féretro de José Manuel Ruiz, un sevillano que antes de morir expresó su deseo de que, llegado el desenlace de su vida, lo llevaran al Parque de María Luisa, el lugar donde solía acudir cada vez que disfrutaba de unos minutos libres.

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